La muerte asoma en la sombra del arbol de cortezas purpuras
El bosque estaba imperturbablemente
azotado por el viento frio otoñal. Las hojas hacían vaivenes violentos entre
las cortezas de los arboles viejos de antaño. Las pocas hojas que lograban
escapar de las garras frías y violentas del viento se resguardaban a la sombra
de las raíces de aquellos árboles o de las ramas de los pequeños arbustos
silvestres, se escondían pero en sus adentros pedían a gritos ser elevadas y
volar con el viento, describiendo arcos y figuras en el, tal y como lo hacen
las hadas en las noches con luna. El bosque era un festival, aun sin verse
animales correteando o el paso de manadas de aves, porque esta noche no se
podía salir de las madrigueras o de las cuevas, las pocas aves se agrupaban en
las mismas ramas para resistir el azotador viento, pero aun así el bosque era n
festival, un festival para el viento que pronunciaba sus palabras viejas, una
noche donde el viento se deslizaba por la superficie del bosque, haciendo sus
jugarretas y excitándose con cada revolcón de hojas, como si fuese un viejo
amante que encontró las suaves manos de su mujer, se movía, se removía, se
arqueaba haciendo giros en medio de los árboles, porque esa noche era su noche,
esa noche había luna y el, este eran de antaño se sentía feliz en su bosque. El
bosque canto del viento.
El viento soplaba con más fuerza
cada vez, las aves se ceñían mas una a la otra con cada ráfaga violenta, una
culebra que estaba a la sombra de unas rocas se acurruco aún más con la última
ráfaga que traía una enorme exclamación entre ella y en ese momento, todo se
detuvo. Las hojas descendían casi estáticas en el aire, todo el bosque era una
maraña enredada, todo se había detenido como si el reloj natural del bosque se
hubiese congelado y fue el mismo viento quien trajo los primeros sonidos de lo
que se acercaba. Los animales que estaban antes simplemente guardándose
reguardo ahora estaban nerviosos, nerviosos al ver aparecer en medio de la nada
a esos dos humanos, y uno de ellos le decía al otro:
-Annie, ¿quieres saber cómo nos
conocimos tu madre y yo?
Las sombras de los arboles
enarbolaban juntas en su son figuras distantes en el ocaso de esa tarde, el
olor a hojas secas llenaba los pulmones, y Mauricio estaba sangrando en el
suelo junto a un árbol enorme de corteza purpura.
-Papá, ¿Por qué me preguntas estas
cosas justo ahora? ¿Por qué esperar tanto tiempo? ¿Por qué ahora que nuestra
sangre mancha este bosque?
-Ya es hora de que sepas toda la
verdad, ya mi dolor ha llegado a su fin y los secretos que guardo ya no le
harán daño a nadie. ¿Quieres que te diga cómo nos conocimos tu madre y yo?
Annie dejo a la vista una pequeña y
cálida lagrima resbalar por su mejilla, la mejilla que su padre y su madre
tantas veces besaron por las noches.
-Sí papá, quiero escucharte.
Su voz inquebrantable tembló por primera
vez en mucho tiempo de persecuciones, muertes y mentiras. Tembló y con ellos
sus ojos se sumieron en las más grandes tinieblas del pasado, se sumergieron en
las muchas veces que se lo había preguntado y ahora por fin sabría por que su
padre había asesinado a la persona que más amó en este mundo y en todos los
demás. Al fin la verdad.
-Lo recuerdo como si hubiese sido
ayer. Ella tenía tan solo catorce años y yo diecisiete, lo inevitable se cruzó
en nuestro camino y solo basto escribir un hola...
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