A través de la lente


Era ella, la joven que caminaba por la acera en ese preciso instante, la joven que, por cosas de la vida sin conocer, hizo que él se detuviera y apartara la vista de las idas y venidas de los automóviles. Era esa mujer que sin precedente alguno estaba influyendo en su vida sin permiso y sin aviso alguno. Ella, la mujer que en este momento marcaba en su móvil Nokia.

 Al día siguiente él iba caminando por el mismo lugar y allí estaba ella, ¡increíble! ¿Cómo podía estar ocurriendo esto? Un día atrás la había visto justo aquí y allí estaba ella. Son casualidades de la vida, pensó él.

 El tercer día el chico se levantó de buen humor, hizo un delicioso desayuno, se bañó y alineo su cabello, teniendo en todo momento la imagen de la chica que había visto en la acera los últimos dos días atrás. Esa imagen perfecta.

Camino de prisa burlando la gente en el torbellino del medio día que se creaba en la acera.

 Caminando, caminando, caminando…

 El cuarto día se sentía un completo idiota, sentía un vacío en el interior de su cuerpo. Era difícil de explicar. No se rasuro, apenas si toco el mismo desayuno del día anterior que había quedado en la sartén. Tomo su mochila y salió a tomar fotografías. No sucedió nada tampoco.

 Semanas después el chico fotografiaba a las personas, igual que siempre. Una pareja de ancianos en una banqueta, dos niños corriendo y sonriendo. Un señor de abrigo gritándole a su teléfono. Y de repente…

Era ella dando un ligero floreo con su vestido al viento, su piel blanca, sus manos pequeñas, sus labios formando una sonrisa. ¿Cuántas fotografías él había tomado? No lo sabría, sin embargo, a través de la lente de su cámara ella lo sintió, dirigió su vista al ojo del lente de la cámara y le sonrío al chico fotógrafo.

 -Hola. Dijo ella.

-Hola. Dijo él, bajando su mirada y analizando la lente se sonrojo. Eso fue suficiente para que allí, empezara ese chispa.

 Ella sonrió de una forma traviesa e infantil, tan tentadora para los jóvenes labios del chico que hasta hizo temblar la cámara que tenía en sus manos. Ella también se había fijado en sus labios y ambos lo “sintieron”

Ese día el chico le pidió a ella que posara para él en el parque, hubo muchas fotografías, su silueta perfecta posó una y otra vez para la lente de su cámara.

 Ella, sus ojos, su vestido y viento se encargaban de tener fotografías cargadas de ese brillo que él estaba buscando.

¿Quieres ir y caminar? Pregunto él. Sus ojos se abrieron de par en par y ella le tendió su mano. Y fue en ese momento cuando él reparo en ese pequeño detalle. Había dos sortijas en su dedo, compromiso y matrimonio.

 La lente se opacó un poco y él solo se acostó allí, el mundo se detuvo por un instante en medio de la nada y la miro de una forma distinta. La miro como esa fotografía perfecta que logras y que el viento arrebata de tus manos. La miro y la reconoció, como la mujer que le había hecho temblar su lente en sus manos mientras le sujetaba.

Ella sonrió mucho ese día, hubo muchas fotografías y en todas ellas salían ellos dos. Un jalón de manos, unas sonrisas traviesas y llenas de vida. Él le tenía entre sus brazos y percibió su olor. Primavera, hojas secas y hierba verde recién cortada. Él  sintió el calor de su cuerpo y sintió la quemadura que genero tomarla de las manos. Sus bellos se erizaron y pudo sentir como los de ella también lo hacían, se miraron los labios uno del otro y sonrieron.

 Ella posó más de una o dos veces para el joven, el joven rebelaba las fotografías por las noches y cargaba de rollos de película sus bolsillos por las mañanas. Y se volvió inevitable que ambos se enamoraran, y se volvió inevitable las ganas incontrolables de besarse, de quererse, de verse todos los días y regalarse sonrisas, de tomarse de las manos brevemente y de sonreírse uno al otro.

 Un día ocurrió. Lo inevitable nunca tocara dos veces la puerta. Ella posaba para su cámara, la cámara capturaba cada movimiento de su cuerpo, su piel, esa blanca piel que me recordaba la nieve, esa piel tan dulce como salada, tan joven como prohibida, ajena para él.

 Y aun así ellos dos se besaron allí. Al calor de los rayos de sol de esa tarde, junto al ventanal. Aun los puedo ver allí besándose y aferrándose uno al otro, porque sabían que cuando se soltaran podrían pasar muchas cosas, algunas más preocupantes que otras. Se besaron y el sintió sus cálidos labios en los sueños, por un momento se olvidó de todo, se olvidó y la beso con tanta pasión que nada importaría después. Ella lo beso.  Lo beso y lo abrazo para no verlo irse más por las tardes, lo abrazo y una lágrima corrió por su mejilla. ¿Alegría? ¿Tristeza? O un poco de las dos quizá, pero algo era cierto para los dos. Los dos se querían, se amaban y se necesitaban del uno tanto del otro. Porque lo inevitable llego a sus corazones y ambos calaron sus recuerdos esa tarde que se besaron.

 Cuando lo inevitable llega a tu puerta, nunca lo va a hacer dos veces, nunca de la misma manera. Si esa persona te hace feliz desde el primer momento en que se miraron, nada superará o igualará ese momento.

Son los pequeños momentos que solo (una mirada, una sonrisa) se aprecian y se tienen muy pocas veces y en los cuales hacemos reparo.




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