A través de la lente
La tarde caía, como caen muchas veces los sueños y las sonrisas. Era una tarde con lluvia de Abril, el y su cámara estaban junto al enorme ventanal de su apartamento. Las gotas de agua resbalaban por el vidrio, como las ganas y los recuerdos resbalaba, su lente sacaba una y otra foto.
Se inclina en su ventana, esperando verle en la acera, junto al semáforo donde le vio por primera vez, pero no estará allí, pone su espalda contra el vidrio y mira todo aquel lugar, lo mira como miran los ancianos jugar a los niños, como se les mira sonreír y recordar tiempos que ya no vendrán. Ella ya no vendrá. ¿De qué iba su última conversación el último día? “Avísame, yo iría por ti y te sacaría de ese lugar, como lo haría el Zorro, irrumpiendo a través de los vidrios y sacándote frente a todos los ojos de las personas que estén allí”
La tarde se estrelló a lo lejos, allá donde el sol se apagó por completo y las estrellas empezaban a despertar, el revelaba las cintas de los días atrás en su cuarto de luz roja, pensándola, y de repente… El teléfono sonó y era ella, decía sin más: “ven por mi”
Dejo allí mismo sus fotos aun sin revelar, tomo al vuelo su blazer, se puso sus jeans menos desteñidos y junto a la puerta estaban su tenis viejos, y corrió en busca de ella. Llego al lugar donde se encontraba ella atrapada en medio de personas que quizás eran su familia, conocidos y muchos extraños, el hombre que estaba junto a la entrada le pidió que estacionara allí, sin embargo él le explico al hombre que venía por alguien. Quizá fue su sonrisa en la cara, quizá fueron los ojos que salpican chispas de luz por la alegría, pero aquel hombre lo llevo a un lugar bajo techo para que esperara por ella.
Estaba de pie junto al auto, y al alzar su mirada le vio venir. Era una enorme ola de luz, su sonrisa, su vestido, su piel blanca y sus ojos cafés en los cuales él se perdía por completo. Su vestido bien estrechito, una mano sobre su hombro y sus labios bien posados en su mejilla, era ella.
En el auto cuando iban de camino, no podía bajar la mirada de la suya, reían como ríen dos amigos, dos amantes, dos personas que se quieren sin miedos. El camino se hizo tan pequeño y corto que ambos se sorprendieron de lo pronto que estaban por llegar. ¿Qué hacemos? Le preguntaba ella y el sin rodeos y sin tener que siquiera pensarlo, Vamos a mi casa.
El apartamento volvía a tener color tras las muchas semanas de su ausencia, hasta la vieja lámpara tenía un brillo aun sin siquiera encenderle, el gran ventanal dejaba entrever el gran cielo nocturno y ella lo miraba todo, lo miraba todo saciando la ganas de volver estar allí a su lado y el, buscaba las copas y la botella de Sonata que siempre guardaba.
¿Coincidencia? No, era nuevamente lo inevitable que llegaba a sus vidas, y entre el descorche de la botella y las sonrisas de por medio sus labios besaron su mejilla, sus labios la besaron como la última vez que esa hermosa mujer hizo temblar la lente de su cámara en sus manos.
Se inclina en su ventana, esperando verle en la acera, junto al semáforo donde le vio por primera vez, pero no estará allí, pone su espalda contra el vidrio y mira todo aquel lugar, lo mira como miran los ancianos jugar a los niños, como se les mira sonreír y recordar tiempos que ya no vendrán. Ella ya no vendrá. ¿De qué iba su última conversación el último día? “Avísame, yo iría por ti y te sacaría de ese lugar, como lo haría el Zorro, irrumpiendo a través de los vidrios y sacándote frente a todos los ojos de las personas que estén allí”
La tarde se estrelló a lo lejos, allá donde el sol se apagó por completo y las estrellas empezaban a despertar, el revelaba las cintas de los días atrás en su cuarto de luz roja, pensándola, y de repente… El teléfono sonó y era ella, decía sin más: “ven por mi”
Dejo allí mismo sus fotos aun sin revelar, tomo al vuelo su blazer, se puso sus jeans menos desteñidos y junto a la puerta estaban su tenis viejos, y corrió en busca de ella. Llego al lugar donde se encontraba ella atrapada en medio de personas que quizás eran su familia, conocidos y muchos extraños, el hombre que estaba junto a la entrada le pidió que estacionara allí, sin embargo él le explico al hombre que venía por alguien. Quizá fue su sonrisa en la cara, quizá fueron los ojos que salpican chispas de luz por la alegría, pero aquel hombre lo llevo a un lugar bajo techo para que esperara por ella.
Estaba de pie junto al auto, y al alzar su mirada le vio venir. Era una enorme ola de luz, su sonrisa, su vestido, su piel blanca y sus ojos cafés en los cuales él se perdía por completo. Su vestido bien estrechito, una mano sobre su hombro y sus labios bien posados en su mejilla, era ella.
En el auto cuando iban de camino, no podía bajar la mirada de la suya, reían como ríen dos amigos, dos amantes, dos personas que se quieren sin miedos. El camino se hizo tan pequeño y corto que ambos se sorprendieron de lo pronto que estaban por llegar. ¿Qué hacemos? Le preguntaba ella y el sin rodeos y sin tener que siquiera pensarlo, Vamos a mi casa.
El apartamento volvía a tener color tras las muchas semanas de su ausencia, hasta la vieja lámpara tenía un brillo aun sin siquiera encenderle, el gran ventanal dejaba entrever el gran cielo nocturno y ella lo miraba todo, lo miraba todo saciando la ganas de volver estar allí a su lado y el, buscaba las copas y la botella de Sonata que siempre guardaba.
¿Coincidencia? No, era nuevamente lo inevitable que llegaba a sus vidas, y entre el descorche de la botella y las sonrisas de por medio sus labios besaron su mejilla, sus labios la besaron como la última vez que esa hermosa mujer hizo temblar la lente de su cámara en sus manos.
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