El güitites


Es de noche, el sonido del viento va corriendo sobre las hojas de caña y sus flores de verolís, me recuerdan las muchas veces que camine de madrugada siendo apenas un chiquillo, a dejar el café caliente al trapiche.

Entre las tres y las cuatro de la mañana debía estar listo, para ir en oscuras a través del trillo que mis primos y familiares teníamos trazado por el cañal. No era un trillo muy largo, pero yo lo veía como toda una aventura. Tan solo tenía nueve años, era un chiquillo con muchas cosas en la cabeza, historias que contaba mi abuelo, temores que mi tío metía en mi cabeza sobre aquel árbol de güitites que había en la zanja. 


Era fácil llegar hasta el trapiche. Por la puerta de atrás de mi casa, cruzaba por las últimas matas de café, las cuales eran el límite con el cañal. Recuerdo el árbol de mango, viejo y lleno de secretos. Se me erizaba la piel de solo pasar bajo el. Luego, me adentraba bajando a través de un túnel de hojas de caña, hasta llegar a un naranjo. Recuerdo que tocaba con una mano las hojas sobre mí, como si estuviese llegando a un punto donde me podía mantener a salvo. Seguía esa peor parte, la zanja.

Era la parte menos deseada por cruzar, así que tomaba impulso y corría abrazando con mi cara, mis manos y todo mi cuerpo las muchas hojas de caña que me rasguñaban, como sujetándome y prohibiendo mi paso a través del trillo. Saltaba la zanja, y no miraba a mi izquierda, estaba prohibido voltear a ver hacia ese árbol de güitites. Si daba miedo pasar bajo el de día, ahora de madrugada, eran menos las ganas de alzarlo a ver. 

Corría aún más, esquivando las cañas que asomaban volcadas por el viento hasta llegar al gallinero de mi abuela, el cual siempre me avisaba que había logrado llegar vivo al final de mi aventura.

¿Pero sabes? Contarlo así sin más, suena a relato aburrido de tu papá corriendo a través de un cañal. Te podría contar a lo que le temía, a lo que me asustaba y me perseguía cada vez que me tocaba cruzar esa parte del trillo. Esa cosa que llegaba jadeando a la ventana de mi cuarto, ese animal que trataba de ver a través del huequito que tenía en mi cobija, ese huequito que cuando no era suficiente para mirar por él, lo hacía más grande hasta poder ver claramente hacia mi ventana. Allí le miraba su sombra sobre la cortina que mi mamá había hecho para mí. Ese enorme perro velando mi ventana sin cesar.

Estaba listo para irme, mi mamá se inclinó sobre mí, beso mi cara y me persigno, pidiéndome ir con cuidado hasta el trapiche. Mi corazón se aceleraba porque tenía ya en mi cabeza el árbol de güitites y al Cadejos bajo su sombra.

La luna brillaba en lo alto esa madrugada, podía contar una y otra vez las miles de estrellas que había allí arriba. Puedo recordar a mi mamá al lado del fogón avivando el fuego mientras hacía unas tortillas con queso. El viento azotaba el cuerpo mío, escuchaba pasos entre las hojas de caña, como si por ellas anduvieran pelotones de duendes corriendo una y otra vez, era el momento de correr. Era el momento de correr y cruzar la zanja que se me acercaba. 

Tocaba con una mano las hojas del naranjo, sentí una naranja pequeña entre mis dedos, resbalé suavemente sobre unas hojas secas de caña. –no me atraparás- Pensé. Se acercaba el último salto de esa madrugada, tome todo el impulso y me deje llevar en mi único salto, pero volteé a ver y allí estaba sentado.
La enorme figura, la enorme mancha en medio de la oscuridad, el enorme perro en medio de aquella zanja bajo ese güitites, abrazándose y consumiendo toda la luz que se metía al final del camino. 

Todo lo apagaba con su presencia. Pude sentir un enorme silencio antes de que mi cuerpo cayera, había resbalado mi pierna izquierda al caer sobre las hojas secas, pero aun así, mi mirada seguía fija en el enorme perro que por las sombras veía negro. El perro se había puesto en pie y comenzaba a caminar hacia mí.

Comenzaba a caminar y escuchaba el crujir de las hojas, escuchaba el grito apagado de todos los animalitos que estaban mirando, escuchaba a mi mamá levantar la olla del fogón, yo aquí y ella pidiéndole a Dios que me protegiese en el camino. Por mi mente no pasó nada, no pude reaccionar, podía escuchar a ese enorme animal reírse de mí, como diciendo “por fin te atrape” Su pisar era fuerte, su respirar era largo y sin pausas, podía ver los ojos que las sombras engullían, podía ver la locura y las ganas de tenerme entre su hocico despedazándome. 

Sentí el viento correr desenfrenadamente por todo el cañal, me levante de un salto en medio del miedo y solté a correr, escuchaba muchas risas, debía de ser duendes ¡o que se yo! pero les escuchaba reírse como si aquello fuese una plaza de toros y yo, un niño al cual el toro estaba por alcanzar, un toro el cual en mi caso era el Cadejos.

Justo antes de dar dos pasos casi lloré, ¡la botella del café había quedado en el suelo con las empanadas calientes! me agache con el miedo de que el cadejos me mordiera, alcance la bolsa donde lo llevaba, solté a correr camino abajo hasta el gallinero, los perros de mi abuela lloraban en el patio, -perros tontos- Pensé. No se atrevían a cruzar el patio. Corrí como si el mismo diablo me persiguiera, ¡pero que carajos! Era el Cadejos quien me perseguía. ¡Grite! sostuve la botella del café contra mi cuerpo, sentí el calor de las empanadas y llegue en plena carrera al trapiche.

Mi papá me esperaba en la entrada, tenía cara de ver un espanto, me abrazo y me atrajo contra su cuerpo. Y hoy en día recuerdo aún sus palabras. “Tranquilo, le ganaste al muy tonto” La madrugada fue todo un lamento de los perros de todo el lugar. Perros que ladraban, lloraban y no podían dormir, porque sabían que el Cadejos andaba enojado cerca de ellos.
Desde ese día cada vez que él llegaba a mi ventana le sonreía burlonamente, porque sabía tanto como él, que no me podría atraparme nunca. Yo, había huido de sus dientes filosos y sus garras pesadas.

Así que duerme tranquila Sofi, que en nuestra familia está, ser mayor a esto que nos quiere hacer temer por las noches. Duerme bonito cariño… Aquí estaré siempre para cuidar de ti y mamá.

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