Sofía y Luna - Juguetes Rotos


Un día cualquiera Sofía caminaba junto a Micro. El enorme perro que siempre cuidaba de ella. Era un día cualquiera, tan normal que rayaba el aburrimiento. Sofía corría, se adelantaba y muchas veces se escondía. Pero el Cadejos siempre la encontraba. Ya muy adentrada en el monte, casi no se veía donde pisabas, pero aun así solo habitaba el crujir de las hojas secas. Por suerte era de verano y lo único que se escuchaba era esto bajo sus piececitos.
Sofía avanzaba con sigilo. Había escuchado un gran murmullo y un montón de pasos escabulléndose de su vista. Siempre escuchaba pasos y risas, muchas cosas raras fuera de lo común. Sin embargo esta vez mientras investigaba el bosque Micro encontró un peluche. Era pequeño, un osito café con sus ojos con dos grandes botones rosa, una oreja estaba descocida, parecía que sufrió un desgarrón.
-Esto son duendes – Dijo ella.   Micro gruño  y se puso a olfatear entre las hojas. Comenzó avanzando lentamente, luego Sofía tuvo que correr para mantener el paso, al final ella sudaba agitada.
Micro se detuvo con una gracia nata de todo un espanto acostumbrado a sorprender a las personas, allá entre unas ramas de Laurel ya secas, allí aguardo. ¡Era una manada de duendes! Y estaban absortos por la risa de una niña que jugaba con ellos. Era delgada, su cabello largo y negro se arremolinaba levemente en sus puntas, su piel blanca y suave, sus hermosas pecas que danzaban, bailaban en sus mejillas, tan suaves como un suspiro. Su voz dulce, tierna pero en su tono se dejaba entrever un rasgo heredado de su madre. La última palabra era siempre suya.  Luna jugaba con los duendes, Chispa, Ceniza y Chicle. Eran sus mejores amigos. Ellos se habían encariñado demasiado con la niña, ellos se la robaron al cielo…su mamita.
Micro no lo soportaba más, salto de entre las hojas secas, tomo a Ceniza de una mordida en su cuello, lo aparto con un brusco movimiento. Tomo a Chicle de su cabeza, largas babas caían de su hocico bajando por el cuerpo del duende. Todos los demás duendes corrían en un frenesí descontrolado, desesperados, llorando, maldiciendo, pero algunos otros aún más valientes (o quizá tontos) le lanzaban piedras al Cadejos para que dejara en paz a sus hermanos y amigos. Sofía corrió, tomo a Luna de sus hombros, la niña puso ojos como platos y la furia nació en ellos.
-¡Ceniza! ¡Chicle!- Empujo a Sofía hacia un lado sin importarle nada.
-¡Ellos son malos! Aléjate- La mirada de Luna se descargó sobre la mejilla derecha de Sofía. Un enorme golpe le regalo con su puñito cerrado. Sofía cayó al suelo, su mejilla roja y adolorida.
-¿Acaso estás loca?- Dijo Sofía
-¡Eran mis amigos, tu estúpido perro los mato!
Sofía se había percatado en ese momento del gran error que ella y Micro cometieron.
-Lo siento- Sus ojitos dejaban ver unas lágrimas tan grandes como granos de café.
-Eres una tonta- Dijo Luna. Tomo el osito de peluche de la mano de Sofía, la fulmino con la mirada y le dio su espalda. Ella la vio marcharse de aquel lugar, su vestidito azul lleno de hojas secas y el lazo de la cintura mal acomodado.

Luna se fue con la tarde, se fue con un ligero trazo de tristeza en su carita. Sofía se hallaba llorando sentada, quería ser su amiga.

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