Putas vagabundas
Había una vez, un niño que corría de madrugada por entre el trillo lleno de hojas de caña, palos de naranja y el sonido de viento zumbando en sus orejas. Las luciérnagas le encandilaban con su vaivén, las chicharras dormían y su estrella en el norte se acostaba a dormir.
Corría con las empanadas calientes y la botella de café hirviendo, recien hecho con todo el amor de mamá, recien hecho de madrugada corriendo por entre el crujido las hojas de caña, el verolís dormido de semejante animal.
Lomo peludo, respirar pesado y ojos violeta, amarillo y blanco color centella en medio de la oscuridad, en medio del nivel, entre la zanja, por entre la que en invierno corría el agua y se veía a ese pedazo de hijueputa respirar, babear y ¡hasta suspirar!
Por entre el verolís corría, se resbalaba cayendo sosteniendo la burra de su papá, abría sus ojos muerto de miedo, espantado sin mirar atrás, mientras tanto, la bandada de pasos le acompañaban, corredor con sonrisas y miradas entre la oscuridad.
Al llegar a la primer farola anaranjada, podia sentir como la ceniza y el humo del trapiche rezonaba por el callejón. Era imposible creer, no se veía pero. La ceniza caía como la nieve en esas peliculas de gringos, caía haciendo diablillos de viento. Confundido por la carrera y su corazón acelerado, no se percataba que por debajo del palo de cas, resonaban las sonrisas y las burlas. Caían aquéllas hormigas agrias, mordiéndole la nuca y orinandole por doquier.
Prohíbido voltear a ver hacia arriba, ellas hoscilaban ya por entre las ramas del palo ¡muertas de risa! ¡hijueputas vagabundas majaderas!
Los años se escurriendo, volaron y se perdieron. Se soplaron, como dientes de león que encontraba en los potreros, se esfumaron por entre sus dedos como sus ganas, la risa, su corazón y el viejo muro aquel. Habían transcurrido como hojas que se descuelgan del refri, como la hoja partida a la mitad que seca guardaron (él la quemó en su hoguera).
Se escurrieron como el café recien hecho, como el vino al bajar de la copa a la garganta, que se pierde en medio de el casillero del diablo.
Los años le habían hecho olvidar a su perro infernal, a sus amigos los duendes, sus vagabundas burlistas, miserables conocidas que de noche colgaban sus pellejos y huían de los lugares en donde hubiera sal.
¿Traicionado o resentido? ¿Adolorido o esperando más de lo que los demás podían dar? El niño, el joven adolescente, bohemio enamorado, bachiller graduado, luchador, con su corazón roto, viajero de los saltos. Aquel que cruza los bosques de cortezas púrpuras, el que defendió lo indefendible y volvió derrotado.
Él, que aún ama, trabajaba y se odiaba, buscando sus dulces sueños de la mano de pastillas y agua colorida para no despertar ¿para no despertar? dilo de corazón, para dormir en este sueño escuchando a Manson, despertando al otro lado en la vieja casa, de muros extremadamente largos. Muros en los cuales una ves más dibuja sus recuerdos (¿su viejo muro?) grabando sus derrotas y sus éxitos, sus derrotas y victorias, le grita que aún le busca en esta selva de espejos, llegando siempre a su casa de los gritos, su casa de los sueños y saltos, de paredes araposas con cercas derruidas, por culpa de la marcha negra itinerante.
La piedra que sobresale, las letras aún se resbalan por sus manos desentrañando una y otra vez los recuerdo que toma, sueña vive e inmortaliza.
Este lugar perdido, este pequeño pedazo de suspiro en el tiempo, manojo de telarañas con sueños rotos, ventanas pequeñas y monstruos come astronautas. Periódicos al son del viento corriendo por las aceras, edificios altos y sueños al dos por uno.
Periódicos que corren, como hojas de los barrenderos, vendedores de lotería atrapando cazadores de sueños e imbéciles esperando sin cuestionarce ¿como son papás y esperan a las hijas de puta que los llevaron a eso? En sus carritos bien trechos, tan suyos como de las tarjetas de crédito que son más que papá Satán.
Saca fotocopias, mira su pequeña ventana.
Saca fotocopias, la pequeña ventana le mira a él .
Se miran los dos, él sigue sacando sus fotocopias.
Contesta sus emails y suspira mirando la pequeña ventana, escucha a su desquiciado,inteligente, astuto, zorro, perro, animal e imbécil jefe hablar sobre leer a las personas, sobre proyectar su imagen para resaltar las plumas de pavo real, le dice sobre cosas para ganarse los negocios y sobre lo bien que se siente con su equipo, con lo mucho que ha cambiado y lo mucho que trae para ofrecer a su oficina.
Lo ve llegar, descolgarse el pellejo y dejarlo sobre el porta sacos.
Lo ve andar por entre los pasillos chorreando sus babas, la sangre y dejando por doquier las huellas al andar.
¿En cuantos saltos lo ha escuchado decir lo mismo? ¿En cuantos saltos se han topado, sorprendido, sonreido y luchado?
¿Sibu lo maldijo? O acaso lo dejó andar por entre el cacao ensuciando por doquier con sus pasos, ¿hasta el trillo de los Síkuas? Zompopas rojas que roban todo por entre dónde se abren paso.
La sonrisa esa tarde por primera vez se encendió, por primera vez sintió las ganas incontrolables de saltar, romper la ventana y pasar de página. Escuchó la risa que tanto lo atormentaba de niño, al correr con la burra por entre el cañal, volteó a ver el porta saco y vio el pellejo chorrear.
Lo tomó de su corbata bien trecha (eso abrió sus ojos con sorpresa) jaló con las fuerzas de su ¿corazón? Yo diría que le jaló con todas sus entrañas contra la madera pulida del escritorio y le golpeó hasta el cansancio. Con la engrampadora, salpicando todo a su alrededor le abrió la cien, la nariz y tambien le terminó de decorar gratuitamente sin intervencion del cirujano plástico la maldita sonrisa.
Su sonrisa creció con cada golpe, con cada ensartada del metal contra el cráneo. Sus puños cerrados liberaban toda la lectura que había hecho en estos cuatro meses. ¡Pequeño pedazo hijo de puta! gritó. Poco a poco su insignificante luz se apagaba de sus ojos violeta, amarillo y blanco centella en medio de la oscuridad. Luz que devolvía a su alma después de tantos días que el animal le había drenado. Era un ¡animal!
Le tomó de su corbata de mierda y lo arrastró sacándolo de su oficina. Le tomó, recorriendo de lado a lado el salón con la mirada puesta en la pequeña ventana y rompiendola de un golpe, se lanzó hacia ella, cayendo al vacío oscuro.
Sonriendo, cantando y soñando porque volvería allí. Volvería a grabar su nombre, su historia y pensaría que con suerte esta vez ella estaría allí esperándole pero... En medio de los vidrios, el dolor, y la sangre que caliente había pintado sobre su casa girones de cereza ¡lo vio saltando! atravesando la plena nada llena de cristales y la monstruosa e ineludible marcha negra itinerante que le perseguía mientras caía. ¡Le quiso gritar! ¡ponerle alerta! ¡carajo! Le queria ayudar.
Sus miradas se cruzaron y lo comprendió, eran tan iguales pero a la vez tan distintos.
Se sonrió por dentro, con una sonrisa apagada mientras se estrellaba contra el suelo, al lado del imbécil animal. Se sonrió mientras le hacértaba el último golpe en la frente con la suya y de pronto, la nada se abría paso a través de sus ojos.
Él volvería a despertar al encontrarla pero, al final estaba su fiel y bello amigo, su perro negro, hediondo y peludo sonriéndole como quien dice, ven a mis fauces porque ¡al final te atrape y te destrozaré! de niño huiste, pero de adulto caíste dejándote devorar.
Había una vez, un niño que corría de madrugada por entre el trillo, con las empanadas calientes y la botella de café hirviendo recien hecho con todo el amor de mamá. Corría de semejante animal lomo peludo, de respirar pesado y ojos violeta, amarillo y blanco centella en medio de la oscuridad, en medio del nivel, la zanja por entre la que en invierno corría el agua y se veía a ese pedazo de hijueputa respirar, babear y hasta suspirar.
Te quiero como para volver a morir, ser rechazado en el cielo y vivir cocinado en el infierno. Ser escupido por el mismo demonio y volver a despertar en esta realidad, tomando por las noches y buscando sus dulces sueños de la mano de pastillas y vino para no despertar ¿para no despertar? dilo de corazón, para dormir en este sueño escuchando a Manson y despertar al otro lado en la vieja casa, de muros extremadamente largos.
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