“Carta desde San Lucas”, “El eco de Sofía”, o “Cuando Sofía me soñaba”.
¡Sofía, Sofía!
¿Dónde estás? ¿A dónde te llevaron lejos de mí, mis manos?
Solo tengo este recuerdo marchito, frío y solo.
Qué increíble puede resultar que en esta vida entera
no exista el modo que pueda dar con vos,
que Sibö̀ te haya llevado con él
y que yo, al pensar en vos, no pueda sonreír.
No quiero ser hostil,
pero ¿hija mía, hasta cuándo?
¿Hasta cuándo esto va a ser así?
Con tu hermosa madre esto era fácil,
porque con ella era fácil rezarle a Dios;
pero ahora es tan difícil entregarme a él.
Y si muero mañana
y no te logro encontrar allá,
en el rinconcito nuestro,
ese olor de consentimiento lleno de cariños, besos y abrazos,
no me hace jurarte nada.
Sueño con tu madre a diario
y es un martirio recordarla.
Sueño con nosotros todas las noches
y es un suplicio.
Quizá sería más fácil
que coman mi hígado todos los días encadenado a una piedra.
Quizá mi meta no es mi meta,
y por eso no he alcanzado a dar contigo.
En San Lucas… ¡vaya tertulia de horrores!
Esa isla robó más de mí
de lo que jamás creí que lograrían.
No sé si te logre ver otra vez.
En mi mente carga un gran dolor,
porque tu hermosa madre —la Ariana
que descubría la mañana—
no ha muerto.
Ella dijo que yo estaba preso por mis pecados,
pero no te contó que fue ella quien me entregó.
Que su boca mentía mientras mis manos aún temblaban por amor.
Dijo que buscaba paz,
pero era el cuerpo de otro lo que buscaba.
Yo, encerrado entre las piedras y los gritos,
solo podía pensar en vos, Sofía.
En cómo te contaría algún día
que tu madre cambió la verdad por silencio,
y el amor por un poco de sombra prestada.
No guardo odio, hija mía,
solo esta herida que no cicatriza,
y el eco del mar golpeando las rejas,
como si Sibö̀ mismo me recordara
que todavía no he pagado del todo mi condena.
Ella fue quien habló primero.
Su voz, tan suave, tan limpia, me hundió más que las cadenas.
Ariana me miró sin llorar —ella nunca lloró—,
y con esa calma de quien sabe lo que está a punto de perder,
firmó los papeles que me enviaron aquí.
Después dijeron que fue justicia,
que yo había mentido, que yo era el ladrón, el violento,
el que cruzó la línea.
Pero la verdad es que ella me vendió,
me cambió por una vida nueva, por un hombre de traje claro,
uno que le hablaba de libertad mientras yo respiraba óxido y mar.
Y aun así la recuerdo como cuando la luz se quebraba en su
cabello,
cuando reía y Sofía dormía en su regazo,
cuando creía que todo lo que tocábamos era eterno.
Aquí en San Lucas no hay eternidad,
solo piedras y hombres que olvidaron su nombre.
Pero a veces, cuando el viento llega desde la costa,
trae un olor a masa y café caliente,
y juro por Sibö̀ que puedo oír la voz tuya, ¡hija mía! entre las olas.
Me llamas, y me prometes que volveré.
No sé si es su voz o la mía,
no sé si es mi castigo o mi esperanza,
pero cada noche la escucho.
Ariana dijo que estaba preso por mentiras,
y tenía razón,
solo que las mentiras eran las suyas.
Yo amaba a esa mujer como se ama a una herida:
sabía que me dolería, pero la tocaba igual.
Y ahora, cuando el sol se parte en dos sobre las torres,
pienso en tí, mi niña,
la que aún cree que su madre reza por mí,
la que habla con la Virgencita y no sabe que su oración
nunca llega hasta esta isla.
Quizá Sibö̀ la escuche,
quizá la esté guiando sin que yo lo sepa.
Si alguna vez la veo venir entre los barrotes del sueño,
le diré que no busque más,
que su padre no está perdido,
que solo está pagando la historia que otros escribieron con mentiras.
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