La caja purpura


Las cajas. Algo tan simple y tan fácil por pasar por alto, pero… Nunca te habías puesto a pensar en lo muy útiles que son.

Una vez en la casa de un amigo escuche decir (como suele suceder) algo acerca de su hermanito menor. Marshall le tenía miedo a la oscuridad y todas las noches salía de su habitación corriendo en busca de protección al cuarto de sus papas. No había nada que pudiesen hacer con Marshall. Le dejaban la luz de su lamparita encendida, le dejaban cerca su peluche favorito pero siempre Marshall salía corriendo de su habitación.

Una noche de tantas la abuelita le pregunta:
-Marshall pequeño, ven acá.
Marshall alegre como siempre correteó hasta el sillón donde estaba su abuela y trepo a él.
-Hijo dime, porque en las noches no puedes quedarte en tu habitación.
Marshall sonrió. Abuela no se dé que hablas.

Paso el tiempo, los padres asustados se turnaban uno cada noche para dormir con el niño pero aún así el corría de su habitación dejando atrás al que lo estaba cuidando. El problema era en realidad la habitación de Marshall no él.

La situación era un caos, sus padres discutían antes de dormir, no sabían cómo combatir el problema, no tenían la mas mínima idea de cómo controlar la situación y esto tenia tenso a todos en la casa.
Uno de tantos días vino el hermano de la madre de Marshall con un amigo, no era casualidad que este amigo venia con su tío. El tipo era alguien especial, Marshall se percato desde el primer momento en que lo vio. Corrió y se escondió en su habitación.
Su madre subió por él, juntos bajaron las escaleras  y el hombre le sonrió al llegar al comedor.
-Hola Marshall, es un gusto conocernos por fin.
-Hola, dijo él.
-Me han dicho que te sucede algo poco usual, vamos llévame junto a ti a tu habitación.
Entre la curiosidad y miedo, entre la niñez y los juegos, Marshall lo llevo a su habitación.
La puerta crujió un poco al abrirse y dejo a la vista una pequeña y linda habitación de un niño de ocho años.
-¿Puedo pasar?
Marshall asintió.
Veo que tienes un pequeño problema acá adentro no es ¿así?
Marshall volvió a asentir.
Yo no lo puedo ver, anda pídele que por favor cierre sus ojos y que se vuelva contra la pared.  
Marshall miro fijamente la única esquina de su habitación desocupada. La miro durante un minuto y medio y al final desvió la mirada y asintió.
-¿Estás listo Marshall?
-Sí.
-Su intención no es asustarte ¿sabes? Ellos solo necesitan un poco de cariño, porque en su vida nunca conocieron eso.
El tipo saco aquella pequeña caja purpura con esa cinta verde.
-Ahora el estará mejor aquí y tu estarás mejor en tu habitación.
El tipo camino hasta la esquina con extrema cautela, se acuclillo y Marshall pudo escuchar como quitaba la tapa de la caja y como algo caía dentro de ella.
El tipo se levanto y con una gracia casi mágica amarro la caja con la cinta y se la entrego a Marshall.
-Es tu decisión que hacer con la caja, si la abres el será libre otra vez, si la guardas tu estarás tranquilo posiblemente durante algún tiempo pero, tarde o temprano deberás afrontarlo.
Marshall observo la caja.
-Como puedo estar seguro que no saldrá de la casa.
-Puedes estarlo por completo, ahora en este instante esa caja es su nuevo hogar. Él lo único que quería eran cuatro paredes en las cuales poderse refugiar y sentirse a salvo. Esta en ti que así sea Marshall.

¿Qué hay en la caja? Le había preguntado yo a Marshall aquella tarde en casa de mi amigo y el entre una sonrisa pintada en su rostro me respondió:
-Alguien que necesitaba un hogar.

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