Luna y Ani - Un encuentro inesperado

Luna corría a mas no poder al lado de sus amigos, al llegar al final del cafetal encontraron la entrada del túnel de alcantarillas de metal. Estaba más cerca de Sofía, pronto podría ayudarla. A Sofía la había atrapado el Viejo del Monte.

Al cruzar el túnel de alcantarillas de metal, Luna se encontró boca arriba con un agujerito, uno igual al que ella tenía pero que su madre coció nuevamente, arreglándole su cobija favorita.
El sol caía, el sol se elevaba, danzaba y cantaba. El viento se iba en su vaivén eterno, se iba como tus caricias por el borde de mi cara, hacia lo profundo, hacia lo real.
El hombre de los zapatos sucios, se había convertido en una pequeña hormiga zompopa. Cargaba un enorme trozo de hoja que había arrancado. Iba por el camino como la vida, como el flujo del tiempo en su ir, subir, bajar y devolverse, todo era evolución constante.
Junto a él, pasó a toda prisa una niña y tres duendes apresurados. Sibo detuvo su paso que era constante hasta ese momento y se convirtió en la sombra de Luna. Correteaba tras ella, pero no le gustó que los duendes le pisotearan, así que tomo la forma de una enorme mariposa café, que entre las hojas secas de las plantas de café, se movía discreta mente, alcanzando y dejándose atrás por luna y sus tres amigos.

Uno de los tres duendes se devolvía. Luna lo miro de reojo, sabía que debía avisar a su manada. Ceniza y Chicle corrían junto a ella. Había algunas ramitas de café que parecían chilillos. Le golpeaban con tal fuerza que dejaban su piel marcada. Vaya excusa debía dar más tarde a su madre. Chicle salió corriendo hacia la derecha, desviándose del camino que seguían por en medio de una calle de plantas de café. Al final de esta había una enorme cerca. Se extendía interminablemente entre aquel lugar donde el sol nacía y hacia donde el sol moría por las tardes. Era tan extensa como la misma distancia que había desde aquí al cielo, ida y vuelta. Chicle salió muchos pasos allá, y tenía la misma cara de asombro que ceniza en ese instante. Ya no estaban en casa. ¿Cómo explicarlo? Era su lugar pero al mismo tiempo no lo era. Se sentía como cuando de pequeños vas agarrado de la falda de mamá y de repente vas tomado de la falda de una mujer fea y no ves a tu mamá. Luna lo sabía, habían saltado hacia otro lugar, y este lugar era muy diferente pero al mismo tiempo muy similar a casa.
-¿Ceniza, que hicieron? ¿Estoy en “ese” sitio?
Ceniza negó moviendo su cabeza y sus enormes orejas. –No mi niña, no estamos en “ese” sitio. Chicle ni yo tenemos nada que ver con esto. Vamos, síganos mi señorita, no me gusta este sitio.
Avanzaron junto a la enorme alambrada. Estaba sumamente deteriorada y en muchos sitios había enormes grietas por sobre las cuales había que saltar con mucha velocidad. Las nubes de la tarde se tintaban de rojo, y se formaban figuras nuevas que Luna nunca había conocido en su cielo. Llegaron caminando hasta un lugar en el que habían tres casas en ruinas, pero la del fondo, ¡l mas vieja! Llamaba a Luna. Ceniza y Chicle solo la siguieron, no les gustaba aquel lugar, ese lugar no era de ellos. Luna movió el cerrojo de la puerta principal. Lo movió y la puerta traqueo en sus bisagras viejas, produciendo un ruido como cuando arrastras la mesa de la casa tuya. Entró, y junto a ella los rayos del sol de la tarde aquella. La casa estaba deshabitada, sin embargo por sus pasillos interminable-mente largo se podía percibir aquella energía tan pura y fuerte. Luna corrió desenfrenada-mente por el pasillo principal, el más largo. Al correr veía muchas puertas a los lados del pasillo, y dentro de estas puertas podría jurar que se ocultaban lugares con grandes acantilados, precipicios. Lugares aun sin descubrir o explorar. Mares interminable-mente eternos sumidos en su sal y oscuridad. Habitaciones tan llenas de luz que tornaban caliente el pasillo. Luna corría y el tiempo pinchaba sin reparo, como si los pasó de Luna fueran de goma y quisieran salir despedido con cada pisoteo de ella. Allí estaba ella, frente a la única puerta que era el final del pasillo. La examino minuciosamente y pudo leer dos nombres grabados una y otra vez por toda la superficie de esta. De pronto su corazoncito se encendió. Podía sentir que aquellos dos nombres significaban algo para ella, pero no recordaba que.

Luna espero y los dos duendes tras ella se sostenían de la falta de su blusita celeste. Luna palpó la superficie de la puerta y esta se abrió de par en par. Y en el centro de la habitación había alguien, una mujer adolescente allí de pie, mirando esos dos nombres una y otra vez.

-¡Hola Luna!- Se volteó y por un momento vio a Sofía reflejada en su rostro, esa sonrisa y esa mirada. El hombre de los zapatos sucios estaba junto a ella y el hombre de los zapatos limpios estaba junto a Luna. Todos se sorprendieron por un momento, allí en medio de tanta intriga, en medio del primer salto suyo y de Sofia, en la habitación donde tantas veces estuvieron su padre y su Madre. Aquellos que vivieron con Annie, la hermana de Sofía.

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