Sofia y Luna - El primer salto


Podía ver a Micro caminando delante de suyo. Caminaba agazapado, arrastrando si enorme cuerpo. La luz que se filtraba a través de las grietas dejaba entrever al enorme perro. ¡No lo soportaba más! Se tumbó boca arriba en medio del polvo y la tierra. Su vestidito tendría que estar completamente sucio ya. Se quedó allí en medio del túnel de alcantarillas interminable-mente largo, todas ellas de metal. Un rayito de sol se filtraba través de un agujerito, uno tal como el que tenía en su cobijita en casa. La enorme cabeza de Micro apareció sobre ella, la miró dándole una reprimenda amarga.
El túnel de alcantarillas estaba sumamente caliente, el sol le daba fuertemente en la superficie, allí donde el metal quedaba al descubierto. Allí donde los árboles se hacían a un lado a propósito para calentar el trayecto de Sofía. La brisa parecía estar en huelga, la carita fina de Sofía estaba perlada en sudor, sus mejillas estaban enrojecidas.
Aún no entendía porque quería descubrir al capitán del ejército del sol, solo sabía que estaba en contra del Hombre de los zapatos sucios y ella tenía que averiguar el porqué. La única forma de llegar a ese lugar era por este túnel y Micro la estaba cuidando.
Sofía sabía que esta aventura significaba mucho más para ella que cualquier otra aventura que hubiese tenido con Micro, era un pedazo de su pasado. Ella sabía que el hombre de los zapatos sucios era aquel que se movía entre las sombras, ella lo había descubierto una vez colándose por la ventana abierta de su cuartito, lo vio moverse con sigilo y esconderse bajo su camita. Todo lo vio a través de ese agujerito, el que ensanchaba de vez en vez con su dedito.
Sofía resopló resignada, pero antes de ponerse en pie le pudo ver, allí al otro lado del agujerito por el cual el rayito de sol se filtraba. Huía de su vista apresurado, una enorme ráfaga de viento y tierra estremeció las alcantarillas de latón, sopló con tanta fuerza que su vestidito ondeo feroz mente, obligándola a cerrar sus ojitos. El cadejo ladró con fuerza y la tomó con su enorme hocico por su hombro, haciéndola avanzar presurosa hacia el final.
La alcantarilla olí muy feo, Sofía corría presurosa por entre los pasillos interminablemente estrechos, largos y angostos con una sola cosa en su mente. El enorme ojo azul que vio a través del agujerito y el grito desgarrador que traía el viento, cuando este con todo el arraigo se abatió sobre ellos.
El túnel se acababa al final, allá dónde la luz se ensanchaba con cada paso a gatas que daba. Al salir tras de Micro la luz le cegó, el Cadejos lanzo al viento un quejido de dolor. Ella desconcertada corrió hacia donde había escuchado a Micro gritar, pero el grito desgarrador le oscureció la mirada, todo fue oscuridad y Sofía cayó desmayada en una calesita fuera de control.

Ceniza corría como alma que la llevaba el viento, la voz de la mamá de Luna le gritaba a lo lejos que la quería temprano en casa para la cena. Pero Luna no escuchaba la voz de su madre. De hecho dejó de escuchar cualquier ruido, sentir cualquier color a su alrededor desde que Ceniza le dijo que algo malo pasó con Sofía. Luna había salido trastabillando de su cuarto, paso por la cocina y robó una mano de pan del aparador y cuando salía por la puerta trasera de la casa su madre le gritó “cuidado con el florero”
Bejuco y Chicle estaban según Ceniza, aguardando por ellos dos mucho más adelante, tendrían que correr con el viento para poder llegar hasta ese lugar. Así que Luna se detuvo, el pitido de zapatos azules se agito con el movimiento brusco al frenar. Respiró hondo, se sentó y cerró los ojos. Ceniza empezó a danzar a su alrededor, cantando y haciendo música con sus manos, sus pasos suaves, sus pasos fuertes sobre las hojas secas, el viento llego como la risa, llegó como el sueño en una noche cálida. El viento llego y jugó con el pelo alborotado de Luna. Ella puso sus manos sobre sus ojos y todo se convirtió en un solo ruido de hojas, todo se convirtió en un solo ir y venir. Luna se levantó presurosa del suelo, estaban juntos ella y sus tres amigos.
Los duendes corrían por entre un enorme cafetal, corrían con ella de la mano buscando el camino. Luna corría pero una voz se metió en su cabeza, era una mujer gritando y llorando el nombre de su hijo. Sintió un escalofrío, pero no podía ser la llorona. Estos no eran sus dominios, los tres duendes se detuvieron en seco, se miraron entre si y empezaron a maldecir y a zapatear el suelo, entre murmullos empezaron a decir una vieja canción para espantar a los Sòrburu. El Sòrburu apareció por entre unas ramas de café a cuestas con un niño pequeño, este parecía dormido pero sus ojos estaban abiertos. Al ver al Sòrburu, los duendes se abalanzaron sobre él con tal valentía que al Sòrburu no le quedó más que soltar al niño y cuando el Sòrburu se planteaba hacerles daño el hombre de los zapatos sucios se movió por entre las sombras de las ramas de café más bajas. El Sòrburu espantado y asustado por ver al Sibo olvido al niño y lo dejó allí. Luna se aproximó junto al niño que empezaba a despertar, la voz de la mujer se alejaba, ella miro a Chicle y a Bejuco, no hizo falta palabra alguna. Ceniza la tomó de la mano y corrió en dirección a la apagada voz de la madre.

Al estar lo suficiente mente lejos pero a la vez cerca de la madre del niño, ceniza lloro imitando el sollozo de un niño. La madre al escuchar la voz se devolvió corriendo por entre las matas de café. Luna retomo el camino por el que avanzó, y de cuando en vez movía ferozmente una mata de café para guiar a la madre hasta el niño que Bejuco y Chicle cuidaban. Así lo hizo durante bastante metros en medio del cafetal y cuando llego dónde estaban sus amigo con el niño, lo tomo y lo dejo al lado de la mata de café más grande, le regaló su silbado colocándole en su mano y movió con mucha fuerza la última mata de café.

Luna corría a mas no poder al lado de sus amigos, al llegar al final del cafetal encontraron la entrada del túnel de alcantarillas de metal. Estaba más cerca de Sofía, pronto podría ayudarla. A Sofía la había atrapado el Viejo del Monte.

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